viernes, 17 de octubre de 2008

Patoruzú y las mujeres



Entre las críticas hechas por algunos analistas y semiólogos a Patoruzú, no es la menos importante la de haberle endilgado falta de interés por las mujeres, juicio que requiere un análisis más exhaustivo del personaje en toda su trayectoria, ya que puede cuestionarse su manera de abordar al otro sexo, pero no poner en tela de juicio su interés en el mismo, que ya se pondría de manifiesto en la época en que acompañaba a Juliàn de Monte Pío, cuando este era aún el “titular” de la tira publicada en “La Razón”. En esa época, un día en que en uno de los círculos sociales frecuentados por Julián se realiza una fiesta consistente en la simulación de enlace de varias parejas, y éste no ha tenido mejor idea que alquilarle un frac a Patoruzú, llevándolo a la fiesta para hacerlo participar del juego, cuando termina la falsa ceremonia, Patoruzú propone muy entusiasmado a su ocasional compañera:

¡Güeno, chei, mujercita! Ahura que nos han enyuntao, nos vamo a vivir solitos, ¿eh?…

En vano la chica trata de recordarle que se trata simplemente de un juego, pues el indio la alza en brazos y huye con ella diciendo:

¡Yo me la yevo, qué canejo! ¡Eya es mi mujercita!

Años después conoce a Carmencita, cuyo padre le había dejado al morir una verdadera fortuna que administra para provecho personal el tutor finalmente desenmascarado por el indio, quien se enamora de la chica que por su parte, entiende que como mujer sólo puede agradecer todo lo que el indio ha hecho por ella, casándose con él. Pero Patoruzú descubre que en realidad ella ama al novio de la infancia, y desde ese momento sólo piensa en suicidarse, aunque falla en todos sus intentos hasta que emprende una nueva aventura, y el desengaño amoroso queda atrás.

Respecto a la ingenua y hermosa Clorinda, recién llegada de la Patagonia hacia fines de 1939, Patoruzú –nuevamente impactado en su corazón– confesaría a Isidoro:

¿Sabís, padrino? ¡Estoy muy enamorao ’e Clorinda!… ¡Y algún día la via pedir en matrimonio!… ¿No lo habías notao?…

Ya en 1943, el propio Mandinga se propone hacerlo enamorar para después hundirlo en el dolor y la desilusión, valiéndose de Lola, una vedette fracasada dispuesta a salvarse casándose con un millonario ingenuo. Y si bien el alma de Patoruzú no renegará del bien yendo a los dominios de Satanás, como éste esperaba, queda en evidencia hasta qué punto podía enamorarse, a punto de concretarse la ceremonia, la vedette no puede rehuir la verdad y sale coorriendo mientras grita:

¡No! ¡No puedo seguir esta farsa! ¡Sólo quiero el dinero de Patoruzú! ¡No lo amo!

Y tan enamorado está el indio, que corre tras ella:

Si vos no me querís no te aflijas por eso, Lola –le propone en un desesperado intento de retenerla a su lado– ¡El amor que ió te tengo es tan grande que alcanza pa’ los dos!

Aún se podría seguir recordando mujeres en la vida de Patoruzú, entre ellas la falsa princesa “Patorita” y Azucena, tal vez la que más respondía al tipo de mujer ideal soñado por Patoruzú; pero ella también comprende que debe dejar al indio con su soltería?

¡Usted se debe a sus prójimos! –le dice en una carta de despedida– ¡No tengo derecho a absorver la mínima parte de su generosidad y su tiempo, Patoruzú!

Y ese es el punto de la supuesta falta de interés de Patoruzú en las mujeres, sobre lo que tanto se ha escrito criticando a este personaje, sin advertir que en realidad, las causas de la soltería de Patoruzú no difieren de las de otros héroes de historietas también embarcados por sus respectivos autores en aventuras incompatibles con la rígida vida de hogar a la manera de historietas como Blondie, de Chic Young, o Trudy, de Jerry Marcus.